Diario de un Minecraftiano

Podía sentir en los pulmones la lenta danza de la muerte danzar sobre nuestras cabezas. Pendía sobre nosotros la espada de Damocles, atormentándonos mientras el desconcierto de no saber si la vida nos sonreiría más adelante, más abajo, en los túneles… o si encontraríamos la perdición entre capas de tierra, piedra y hierro.

Pendía el arco en mi mano, trémulo. La flecha se me resbalaba entre los dedos. Tras de mí, el frío augurador de la noche acariciaba mi cuerpo con lento abrazo. A escasos centímetros, mi compañera mostraba huellas del gélido aroma que embriaga y fustigaba sus miembros, mas no lo demostraba. Se concentraba en picar; luego, en cavar. Picar, cavar, picar, cavar. Y nada más.

Mi estómago rugió, de pronto, en medio del camino pedregoso que nos obligaba a bajar. Sin embargo, ninguno de los dos quisimos detenernos. Nos embriagaba la locura, quizás, o la desesperación más amarga. Pero sentíamos que debíamos bajar, y alejarnos de aquella misteriosa batalla en la que nos habíamos visto encauzados.
Lentamente, mi compañera efectuó un recodo a su derecha, desviando el camino principal, y la atención de quien pudiera seguirnos. Seguimos avanzando.

El aire se viciaba allí abajo, con una densa negrura que emponzoñaba mis pulmones, los de ella, y los de los escasos murciélagos que pululaban alrededor. Entraban a aquella gruta, salían, chillaban. Mi mayor temor era que atrajeran a otras criaturas en aquella dirección.
Eramos supervivientes de mil contiendas, ambos guerreros curtidos en las más cruentas batallas, habíamos visto lo que nadie había visto… Excepto aquellos ojos.
Sin embargo, era menor el miedo por la misteriosa criatura, y mayor por lo que habitaba en las cavernas. Eran pequeñas, rápidas, y lo único que las diferenciaba de sus hermanas mayores era el intenso veneno del que hacían gala.
No quería toparme con ellas. Ni con… ellos.

Mi compañera elevó una de las manos, deteniéndose abruptamente delante de un yacimiento de piedra que parecía más brillante de lo normal. Aquel material relucía junto al pico de hierro. Habíamos encontrado un poco de acero, el mismo con el que forjamos las armas y la punta de las flechas.
Pero ella no miraba la veta de hierro. Sus ojos estaban ligeramente entrecerrados, y palpaba la piedra fría del suelo. Estaba concentrada en algo que yo no era capaz de discernir.

Segundo más tardes, lo escuché.
Allí, cerca, bajo nosotros, fluyendo y rozando la piedra que hacía de suelo.
Un río de lava.
Read More …

Desvaneciéndose entre las hojas de los árboles con una suave brisa como estela, los ojos blancos se apagaron, dejándonos solos allí, en medio de la batalla.
Sin embargo, antes de que el eco de su presencia abandonara nuestros corazones, aún exaltados, unas palabras resonaron en el ambiente, más allá de lo que podíamos percibir con el oído: ‘‘Venid a mí…’’
Lo oscuro de aquel mensaje, el tono frío con el que consiguió helar nuestros huesos, y aquel desvanecimiento de una forma tan suave, sin efectuar el más mínimo ruido sobre la superficie cubierta de hojarasca, solamente con el compás del viento tras él, hizo que se sintieran violentamente amenazados.

Aun así, ninguno de los dos mostró más de lo que verdaderamente sentían. Ella se giró, bajando la espada, sin envainarla, y contempló el campo de batalla, ahora yermo. Ninguno de los cuerpos pertenecientes a las vidas que habían sesgado se encontraba ya allí. Tampoco, en aquella ocasión, encontraron algo que les fuera de utilidad.

- ¿Qué hacemos? – Pregunté, sintiendo que una trémula voz asomaba por mi garganta.
- No podemos permanecer más tiempo en la superficie.
- Pero necesitamos más comida.
- ¿Prefieres morir de hambre o devorado por uno de ellos?

No respondí. En mi morral, aún restaban pedazos de carne, un par de galletas, un mendrugo de pan y una manzana.
Muy poco para dos personas, y menos aún resultarían en aquella situación.

- Necesitamos descender, hasta donde podamos.
- ¿Aún conservas el pico? – Pregunté. Ella me lo mostró, envainando la espada. – Abre un camino para que empecemos a descender. Mientras, buscaré flechas.

Examiné el terreno, al tiempo que escuchaba como mi compañera golpeaba la tierra con una de sus palas. Cavaba y cavaba, como si no importase nada más.
Buscando flechas, encontré un par de ellas a los pies de un árbol, clavadas firmemente en la tierra. ¿Tal vez serían las que amenazaron a mi compañera?
No pude encontrar más. Y en mi carcaj quedaba menos de una docena.

Al fin, ella reclamó mi atención, acudiendo yo presto a su llamada. Me interné en aquel agujero que había hecho en el suelo, imitando la forma de una escalera que descendía hacia las entrañas de la tierra.
Tapé la entrada tras de nosotros, señalizándola.
Luego, con una flecha preparada sobre el arco, seguí el recorrido que dejaba el pico de ella sobre la piedra pulida.

Lo único en lo que podía pensar mientras nos sumergíamos hacia lo más profundo era en no toparnos con una de aquellas minas abandonadas, a las que me había enfrentado en el pasado.
No quería volver a encontrarme con la muerte de aquella manera.
Read More …

Tuve miedo. Lo admito.
Y sé que mi compañera también lo tuvo, pero ambos nos esforzamos por fingir serenidad.

Una masa verde se abalanzó sobre mí, pero estaba preparado. Pese a tener miedo, podía notar la adrenalina fluyendo por mis brazos.
Apunte con el arco, y disparé.
La flecha le atravesó la cabeza. Pero no detuvo a aquel atacante.

Retrocedí, sin prestar atención a lo que hubiera detrás de mí, y volví a colocar una segunda flecha. La lancé.
Esta vez, el monstruo recibió el impacto, retrocedió y cayó al suelo.

Algo se arrastró por la tierra hacía mí, algo que hizo que mi cuerpo se estremeciera. El sonido que aquella criatura hacía me desagradaba. Y su avanzar tan rápido sobre la hierba me asustaba.
En el pasado, me había enfrentado a una docena de esas criaturas, en las profundidades del subsuelo, en una zona en la que parecían emerger de la nada.
Agachándome y retrocediendo, conseguí impactarle dos flechas antes de que me alcanzara. Sin embargo, era rápida, muy rápida... y consiguió morderme en el brazo. La aparté y di vueltas alrededor suya, enarbolando mi arco y disparando flechas lo más rápido que podía.
La criatura saltó sobre mí, golpeándome y arrojándome al suelo.
Un intenso crac.
Miré a mi lado y me topé con el casco que había conseguido, partido en dos. No tuve tiempo de pararme a pensar, pues la criatura repitió su ataque, directamente sobre mí. La rodeé, cogí una flecha con mis manos desnudas y la deslicé por su garganta. 
La mantuve allí clavada, hasta que la criatura se dejó de remover. De su boca, arranqué pedazos de un hilo muy fino y resistente, el mismo que había utilizado en el pasado para crear mi arco.

Busqué a mi compañera, que se encontraba arrodillada cerca de un montón de huesos. En sus manos, parecía recoger algo, que luego se llevó al bolsillo. ¿Polvo?

- Polvo de hueso. No ha sido un rival fácil. - Contempló los huesos durante un instante, y luego se giró hacia mí. Su espada estaba mellada, y su rostro goteaba algo de sangre. Sin embargo, parecía estar bien. Daba la impresión de que se curaba a cada segundo. - ¿Estás bien?
- El casco ha cumplido. - Lo señalé con un gesto. Al menos, había cumplido con parte de su propósito. - Debemos darnos prisa... Tenemos que buscar un lugar seguro donde estar.
- Sí... Lo mejor será moverse.

Me sonrió, y luego se dio la vuelta.
Ambos nos quedamos paralizados.
Allí, entre dos de los árboles, una silueta de un tamaño similar al nuestro nos observaba.
Tenía los ojos totalmente blancos.
Read More …

Había flechas en los árboles.
Por extraño que pareciera, aquello fue lo primero en lo que reparé, una vez superada la conmoción.
Y, no sólo eso, sino que, además, había varias clavadas en la tierra, justo alrededor de lo que parecía ser una antorcha, un pico y un casco de hierro roto. Los tres permanecían en el suelo, en mitad de aquella marabunta de flechas.
A ambos se nos pasó por la cabeza lo que pudo haber sucedido, pero ninguno dijo nada. 

- Coge el casco. - Murmuró ella, adelantándose y cogiendo el pico y la antorcha. Parecía tremendamente seria.
- Pero... - Tenía mis reparos. En cierto modo, me sentía identificado con aquel al que le hubieran pertenecido aquellos objetos. Allá donde estuviera, le dediqué unos segundos de silencio.
- Ya no los va a necesitar. Y, desgraciadamente, a nosotros nos hacen falta.

Tomé el casco entre las manos. Estaba desgastado. Había perdido el brillo y tenía alguna que otra rotura esporádica... pero parecía que aún le quedaba mucho por aguantar. Me lo llevé a la cabeza.
Los árboles se movieron.
La hierba sonó.
Mi compañera levantó el arma, y se situó de frente hacia la dirección de la que parecían provenir los ruidos. 
Yo elevé el arco, apuntando entre los árboles. No podía ver nada, pero sí escuchar.

Nos mantuvimos inmóviles. 
Respiramos aliviados, al ver que no sucedía nada.
Un grito en la inmensidad de la noche.

De repente, salidos de entre las sombras, se abalanzaron sobre nosotros.
Read More …

El fuego se terminó. Ambos ahogamos un gemido de terror. Todo a nuestro alrededor se fundió en una espesa negrura, como si algo hubiera absorbido cualquier pequeño destello que pudiera haber. Nos hubiéramos cogido de las manos, pero el terror que a ambos nos invadía era tal que no pensamos en movernos.
Una rama crugió.
Otra explosión.
Un silbido siseante arrastrándose por debajo de la tierra.

Decidimos movernos. Localizamos nuestros ojos como bien pudimos en mitad de la noche, y empezamos a caminar, sin una dirección predeterminada, siguiendo el instinto. Ella, con la espada delante de su pecho, protegiéndose; yo, tras ella, girándome de vez en cuando y alzando mi arco por si alguien nos seguía. Apenas me quedaban flechas, así que, si algo sucedía, debía ser rápido.

Escalamos una pequeña montaña de tierra, ensuciándonos manos y pies, ayudándonos de vez en cuando, apartando la tierra del camino con las palas que llevábamos a la espalda. Y, cuando llegamos a la cima de aquella montaña… nada. Ni una luz alrededor. Ni una pequeña llama. Nada. Ni siquiera, monstruos.
Y, a mí, esa calma me inquietaba demasiado.

- Deberíamos bajar… Bajar, y buscar cobijo cerca del río. – Señaló algún punto al otro lado, después de lo que podría haber sido un complicado descenso, si yo no hubiera visto algo sobre la montaña contigua. – ¿Me estás escuchando?
Un fuego repentino.
Una fogata.

- He visto luz, allí, sobre esa ladera. ¿Ves? – Señalé sobre la piedra y la tierra, entre árboles que se arremolinaban exageradamente juntos. – Creo que he visto a alguien encender un fuego, pero no estoy seguro…
- ¿Todavía conservas tu pala? – Asentí, lentamente, mirándola. – Entonces, vamos. Me fiaré de ti. De todas maneras, no tenemos más remedio que seguir adelante… Y, tal vez, veamos nuestra casa desde aquella otra colina.

Ella fue la primera en comenzar a descender. Yo espere a que llegara al borde del río, como siempre hacíamos. Luego, descendí, sabiendo que ella guardaría mis espaldas en caso de emboscada.
Ascendimos por la otra colina, rápidos, prestos, deseando y confiando en que aquella luz fuera el indicio de alguna ayuda, de otra persona.

Llegamos al claro donde yo había visto la luz.
La luz había sido real.
Pero ya era demasiado tarde.
Read More …

Acampamos sobre la ladera, próximos al pantano. En mitad de la noche, los desgarradores silbidos de las arañas me encogían el corazón. Tal vez, en mitad de aquel manto de tinieblas, era lo que más me asustaba, por encima del hambre, del cansancio, o de la imposibilidad de volver a casa.

A mi lado, mi compañera cocinaba algo al austero augurio del fuego. El yesquero y el pedernal chocaban entre sus manos, intentando cocinar algo de carne… Al fin, la llama prendió, dándonos fuego y cobijo. Me sentí más aliviado, pues sabía que ninguna criatura aparecería de entre las sombras, ya que todas y cada una de ellas le temían al fuego.

- Pronto nos quedaremos sin comida. – Susurró ella, mirándome. Sus ojos tintineaban con una luz extraña ante el fuego. – Deberíamos arriesgarnos e intentar volver.
- No sé si sería una buena idea. – Comenté, sentándome próximo al fuego. Ella ladeó la cabeza y suspiró.
- Yo tampoco creo que lo sea… Pero no puedo quedarme aquí y esperar a que nos devoren.

De pronto, una explosión partió el ambiente en dos. Miramos hacia la misma dirección. Esperamos.
No paso nada más.

- Es sólo cuestión de tiempo que salten sobre nosotros. – Musitó, apoyando la punta de la espada en el suelo. – El fuego evitará sustos, pero podrían acercarse… Y, en esta zona, son numerosos.
- ¿Tienes miedo?
- Muchísimo… Afortunadamente, lo que más miedo me da no se acerca demasiado a la luz del fuego. Y es un ente pacífico, si no se le ataca.
- Pero, si nos atacaran todos a la vez, y hubiera uno de ellos en medio…
- No quiero pensar en eso. – Golpeaba el aire con la espada mientras hablaba.
- Te propongo algo. – Dije, en un tono conciliador. – Esperaremos a que se apague el fuego… Y luego nos pondremos en marcha. Intentaremos movernos entre ellos sin que se den cuenta de nuestra presencia.
- Eso es demasiado…
- … peligroso. Pero, si no nos movemos, como has dicho, nos quedaremos sin comida.. Es un riesgo que tenemos que pagar…

Ella me dedicó una mirada de temor, pero decidida. En sus ojos, vi mucho más valor del que, probablemente, en aquel momento tenía yo.
La noche sería sorprendentemente larga.
Y esperábamos sobrevivir a ella.
Read More …