Diario de un Minecraftiano

Desvaneciéndose entre las hojas de los árboles con una suave brisa como estela, los ojos blancos se apagaron, dejándonos solos allí, en medio de la batalla.
Sin embargo, antes de que el eco de su presencia abandonara nuestros corazones, aún exaltados, unas palabras resonaron en el ambiente, más allá de lo que podíamos percibir con el oído: ‘‘Venid a mí…’’
Lo oscuro de aquel mensaje, el tono frío con el que consiguió helar nuestros huesos, y aquel desvanecimiento de una forma tan suave, sin efectuar el más mínimo ruido sobre la superficie cubierta de hojarasca, solamente con el compás del viento tras él, hizo que se sintieran violentamente amenazados.

Aun así, ninguno de los dos mostró más de lo que verdaderamente sentían. Ella se giró, bajando la espada, sin envainarla, y contempló el campo de batalla, ahora yermo. Ninguno de los cuerpos pertenecientes a las vidas que habían sesgado se encontraba ya allí. Tampoco, en aquella ocasión, encontraron algo que les fuera de utilidad.

- ¿Qué hacemos? – Pregunté, sintiendo que una trémula voz asomaba por mi garganta.
- No podemos permanecer más tiempo en la superficie.
- Pero necesitamos más comida.
- ¿Prefieres morir de hambre o devorado por uno de ellos?

No respondí. En mi morral, aún restaban pedazos de carne, un par de galletas, un mendrugo de pan y una manzana.
Muy poco para dos personas, y menos aún resultarían en aquella situación.

- Necesitamos descender, hasta donde podamos.
- ¿Aún conservas el pico? – Pregunté. Ella me lo mostró, envainando la espada. – Abre un camino para que empecemos a descender. Mientras, buscaré flechas.

Examiné el terreno, al tiempo que escuchaba como mi compañera golpeaba la tierra con una de sus palas. Cavaba y cavaba, como si no importase nada más.
Buscando flechas, encontré un par de ellas a los pies de un árbol, clavadas firmemente en la tierra. ¿Tal vez serían las que amenazaron a mi compañera?
No pude encontrar más. Y en mi carcaj quedaba menos de una docena.

Al fin, ella reclamó mi atención, acudiendo yo presto a su llamada. Me interné en aquel agujero que había hecho en el suelo, imitando la forma de una escalera que descendía hacia las entrañas de la tierra.
Tapé la entrada tras de nosotros, señalizándola.
Luego, con una flecha preparada sobre el arco, seguí el recorrido que dejaba el pico de ella sobre la piedra pulida.

Lo único en lo que podía pensar mientras nos sumergíamos hacia lo más profundo era en no toparnos con una de aquellas minas abandonadas, a las que me había enfrentado en el pasado.
No quería volver a encontrarme con la muerte de aquella manera.

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