Diario de un Minecraftiano

El fuego se terminó. Ambos ahogamos un gemido de terror. Todo a nuestro alrededor se fundió en una espesa negrura, como si algo hubiera absorbido cualquier pequeño destello que pudiera haber. Nos hubiéramos cogido de las manos, pero el terror que a ambos nos invadía era tal que no pensamos en movernos.

Una rama crugió.
Otra explosión.
Un silbido siseante arrastrándose por debajo de la tierra.

Decidimos movernos. Localizamos nuestros ojos como bien pudimos en mitad de la noche, y empezamos a caminar, sin una dirección predeterminada, siguiendo el instinto. Ella, con la espada delante de su pecho, protegiéndose; yo, tras ella, girándome de vez en cuando y alzando mi arco por si alguien nos seguía. Apenas me quedaban flechas, así que, si algo sucedía, debía ser rápido.

Escalamos una pequeña montaña de tierra, ensuciándonos manos y pies, ayudándonos de vez en cuando, apartando la tierra del camino con las palas que llevábamos a la espalda. Y, cuando llegamos a la cima de aquella montaña… nada. Ni una luz alrededor. Ni una pequeña llama. Nada. Ni siquiera, monstruos.
Y, a mí, esa calma me inquietaba demasiado.

- Deberíamos bajar… Bajar, y buscar cobijo cerca del río. – Señaló algún punto al otro lado, después de lo que podría haber sido un complicado descenso, si yo no hubiera visto algo sobre la montaña contigua. – ¿Me estás escuchando?
Un fuego repentino.
Una fogata.

- He visto luz, allí, sobre esa ladera. ¿Ves? – Señalé sobre la piedra y la tierra, entre árboles que se arremolinaban exageradamente juntos. – Creo que he visto a alguien encender un fuego, pero no estoy seguro…
- ¿Todavía conservas tu pala? – Asentí, lentamente, mirándola. – Entonces, vamos. Me fiaré de ti. De todas maneras, no tenemos más remedio que seguir adelante… Y, tal vez, veamos nuestra casa desde aquella otra colina.

Ella fue la primera en comenzar a descender. Yo espere a que llegara al borde del río, como siempre hacíamos. Luego, descendí, sabiendo que ella guardaría mis espaldas en caso de emboscada.
Ascendimos por la otra colina, rápidos, prestos, deseando y confiando en que aquella luz fuera el indicio de alguna ayuda, de otra persona.

Llegamos al claro donde yo había visto la luz.
La luz había sido real.
Pero ya era demasiado tarde.

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