Tuve miedo. Lo admito.
Y sé que mi compañera también lo tuvo, pero ambos nos esforzamos por fingir serenidad.
Una masa verde se abalanzó sobre mí, pero estaba preparado. Pese a tener miedo, podía notar la adrenalina fluyendo por mis brazos.
Apunte con el arco, y disparé.
La flecha le atravesó la cabeza. Pero no detuvo a aquel atacante.
Retrocedí, sin prestar atención a lo que hubiera detrás de mí, y volví a colocar una segunda flecha. La lancé.
Esta vez, el monstruo recibió el impacto, retrocedió y cayó al suelo.
Algo se arrastró por la tierra hacía mí, algo que hizo que mi cuerpo se estremeciera. El sonido que aquella criatura hacía me desagradaba. Y su avanzar tan rápido sobre la hierba me asustaba.
En el pasado, me había enfrentado a una docena de esas criaturas, en las profundidades del subsuelo, en una zona en la que parecían emerger de la nada.
Agachándome y retrocediendo, conseguí impactarle dos flechas antes de que me alcanzara. Sin embargo, era rápida, muy rápida... y consiguió morderme en el brazo. La aparté y di vueltas alrededor suya, enarbolando mi arco y disparando flechas lo más rápido que podía.
La criatura saltó sobre mí, golpeándome y arrojándome al suelo.
Un intenso crac.
Miré a mi lado y me topé con el casco que había conseguido, partido en dos. No tuve tiempo de pararme a pensar, pues la criatura repitió su ataque, directamente sobre mí. La rodeé, cogí una flecha con mis manos desnudas y la deslicé por su garganta.
La mantuve allí clavada, hasta que la criatura se dejó de remover. De su boca, arranqué pedazos de un hilo muy fino y resistente, el mismo que había utilizado en el pasado para crear mi arco.
Busqué a mi compañera, que se encontraba arrodillada cerca de un montón de huesos. En sus manos, parecía recoger algo, que luego se llevó al bolsillo. ¿Polvo?
- Polvo de hueso. No ha sido un rival fácil. - Contempló los huesos durante un instante, y luego se giró hacia mí. Su espada estaba mellada, y su rostro goteaba algo de sangre. Sin embargo, parecía estar bien. Daba la impresión de que se curaba a cada segundo. - ¿Estás bien?
- El casco ha cumplido. - Lo señalé con un gesto. Al menos, había cumplido con parte de su propósito. - Debemos darnos prisa... Tenemos que buscar un lugar seguro donde estar.
- Sí... Lo mejor será moverse.
Me sonrió, y luego se dio la vuelta.
Ambos nos quedamos paralizados.
Allí, entre dos de los árboles, una silueta de un tamaño similar al nuestro nos observaba.
Tenía los ojos totalmente blancos.
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