Había flechas en los árboles.
Por extraño que pareciera, aquello fue lo primero en lo que reparé, una vez superada la conmoción.
Y, no sólo eso, sino que, además, había varias clavadas en la tierra, justo alrededor de lo que parecía ser una antorcha, un pico y un casco de hierro roto. Los tres permanecían en el suelo, en mitad de aquella marabunta de flechas.
A ambos se nos pasó por la cabeza lo que pudo haber sucedido, pero ninguno dijo nada.
- Coge el casco. - Murmuró ella, adelantándose y cogiendo el pico y la antorcha. Parecía tremendamente seria.
- Pero... - Tenía mis reparos. En cierto modo, me sentía identificado con aquel al que le hubieran pertenecido aquellos objetos. Allá donde estuviera, le dediqué unos segundos de silencio.
- Ya no los va a necesitar. Y, desgraciadamente, a nosotros nos hacen falta.
Tomé el casco entre las manos. Estaba desgastado. Había perdido el brillo y tenía alguna que otra rotura esporádica... pero parecía que aún le quedaba mucho por aguantar. Me lo llevé a la cabeza.
Los árboles se movieron.
La hierba sonó.
Mi compañera levantó el arma, y se situó de frente hacia la dirección de la que parecían provenir los ruidos.
Yo elevé el arco, apuntando entre los árboles. No podía ver nada, pero sí escuchar.
Nos mantuvimos inmóviles.
Respiramos aliviados, al ver que no sucedía nada.
Un grito en la inmensidad de la noche.
De repente, salidos de entre las sombras, se abalanzaron sobre nosotros.
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